El Tapaeras


 

 

¡Y a mí que cae simpático este personaje! Y eso que es bastante bestia. Hubo una época en que este empresario ganaba el dinero como el que le da a la maquinita. Y lo gastaba, con evidente mal gusto, en levantarse “triunfos” de San Rafael que llevaban su misma cara o en repartir jamones, el día de Nochebuena, por las calles del Barrio Cañero.

Empezó rifando pavos por la calle de los Frailes, emigró a Alemania y volvió convertido en joyero y con ideas “europeas” de como hacerse rico: es decir, que rico te hace el trabajo de los demás.

Su ascenso fue fulgurante. Paso del “banco” de platero donde fumaba medios cigarros por sentido ahorrativo del vicio a llenar los bancos de billetes. Algo debieron de influir lo que él llama “las piedras”, o esas cosas que traía de sus muchos viajes a Sudáfrica, pero el caso es que su taller, instalado en dos modestas casas de un barrio de menestrales se le quedó pequeño.

Y cuando las gentes se hacían cruces de como se enriquecían Juan Guerra y otros, aledaños de políticos en el poder, El Tapaeras se hizo igual de rico repartiendo trabajo entre submarinos y el dorado metal. Y llevándose el la plusvalía. Bajo el cielo de Pitágoras.

Un amigo carloteño lo introdujo en el campo del cemento y el ladrillo. Y antes de que le creciera la perilla ya quería hacer otra versión del barrio donde repartía jamones. Pero se llamó Arenal. Dos mil o tres mil, que más da. Entonces ya había dicho: “A primera en dos años”. Y claro, se refería al equipo de fútbol, un gallinero de listos que se lo llevaban fresco.

Parece ser que la calidad y el acabado de las viviendas dejaban mucho que desear, pero como presidente del club de su tierra las vendía como rosquillas y sus cuentas y sus ambiciones crecían sin parar. Se atrevía con todo. Compraba todo. Desde un palacete en el casco antiguo o la mansión señorial del que había sido alcalde de prosapia de la ciudad.

Aunque este espectáculo es bien conocido, El Tapaeras no se refinaba. Para él todos eran “socios” y cuando más era la expectación en sus ruedas de prensa, iba y la liaba. En una ocasión, rodeado de micrófonos y plumíferos espetó algo relativo al órgano sexual de la santa madre de los vecinos de una provincia limítrofe. Era como una  democratización, por abajo, del poder y la gloria. Los pobres no sólo saben hacerse ricos sino que puestos, son tan mal educados como los de nacimiento.

Su gran error fue creerse Dios. O por lo menos un arcángel. Con su triunfo erigido en piedra por lo menos. Y llegaron las tentaciones. Y la compra de islas. Y los negocios chinos. Y los colecores. Y los planes urbanísticos ignorados o vulnerados. Y las multas millonarias. Y las operaciones malayas.

A pesar de inventarse una marca cursi de relojes, se rompió el principio de Arquímedes, había subido hacia arriba desalojando menos volumen del que tenía. Y se le quedó el culo al aire.

Sólo los gilipollas y los santos captan el sonido de algunas músicas. El Tapaeras no es ni una cosa ni es otra. Es un hortera, generoso, pero hortera, que se hizo rico y poderoso casi sin darse cuenta, que llegó a creerse que las finanzas eran como rifar un pavo en San Juan de Palomares y que algunos llegaron a  pensar o confundir con una nueva teología. Pero solo era hambre sublimada.

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Acerca de lucasleonsimon

Nací en Córdoba en agosto de 1947 en el seno de una familia republicana, represaliada por el franquismo. A los catorce años comencé a trabajar en la empresa Cenemesa, más tarde Westinghouse y más tarde ABB. Me inicié en el sindicalismo y la política clandestina, al mismo tiempo. Fui concejal del Ayuntamiento de Córdoba entre 1983 y 1987, en el gobierno de Julio Anguita. Desde 1985 he ejercido el periodismo de opinión en medios como Diario 16, Nuevo Diario de Córdoba, La Tribuna, La Información, Diario de Andalucia y Agencia Efe.
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Una respuesta a El Tapaeras

  1. Demócrata dijo:

    Le ha faltado de decir al ciudadano Lucas que tenía todo el tipo de un famoso pirata de los mares Malayos. Coincidencia, estuvo en los intríngulis de una famosa operación “malaya”.

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