Tiburones catetos


Parecía que ellos solos habían descubierto la “modernidad”.  Te los encontrabas por las calles con pose de triunfadores, vivían en los mejores áticos  o chalés de la Sierra, usaban ropa de marca y zapatos italianos de suela inmaculada, poblaban los mejores restaurantes, y su pelo engominado, maduraba al otro lado del Rolex una aleta de tiburón.

Sus empresas eran el emporio de la ciudad. Crecían al amparo de los canónigos o del crédito fácil. Arrastraban su empacho de triunfadores y siempre sembraban la duda de si debajo de la gomina tenían algún valor. Intelectual o profesional.

Tenían éxito con las mujeres y un doble fondo de bragueta, pedían una menta-poleo en sus consumiciones públicas y parecían embajadores del becerro de oro. Bailaban sevillanas sin descomponer el gesto  para que se apreciara la calidad de sus trajes milaneses y muchos de ellos tenían despacho y secretaria a las que confiaban el porvenir de su apretada agenda. ¿De trabajo?

Era un prestigio trabajar en la “caja”  o en la “inmobiliaria”.  Y se notaba en su nómina mensual o en los viajes por cumplimiento de objetivos. Cruceros. Caribe. Extremo Oriente.

Pero, a las vacas se les acabó la hierba y se hundió su filosofía de los objetos. Vino el gran batacazo. El cura salió corriendo antes de que lo pillara el Banco de España y a la inmobiliaria le pilló la explosión de la burbuja en el cuarto de baño.

Unos perdieron mil millones en un año, sin contar los que perdieron el siguiente y otros  fueron al ranking número dos de “desequilibrios” en las leyes concúrsales. O quiebras. 1162 millones de vellón.

Y no fue sólo por la crisis. Es que, gomina aparte, eran bastante gilipollas. Vivian en sus nubes de diseño, con sus cachorros estudiando en la city londinense y usando pijamas con dibujos eróticos. Y se fueron, con almas y bagajes, al gran carajo. Y, en el fondo, no sólo eran estomagantes, sino que tenían master de inutilidad.

Dicen algunos que sólo le crecieron los dientes y que sus pretensiones de tiburones de las finanzas o del negocio inmobiliario eran bastante catetas. Porque la protección y el incienso de los curas sobrepasaba muy poco el límite de donde se hacían oír sus campanas.

Por eso, hoy casi todos, se han comprado una medalla de una virgen muy milagrera. Para que proteja sus gominas.

Acerca de lucasleonsimon

Naci en Córdoba en Agosto de 1947 en el seno de una familia republicana, represaliada por el franquismo. A los catorce años comence a trabajar en la empresa Cenemesa, mas tarde Westinghouse y mas tarde ABB. Me inicie en el sindicalismo y la política clandestina al mismo tiempo. Fui concejal del Ayuntamiento de Córdoba entre 1983 y 1987 en el gobierno de Julio Anguita. Desde 1985 he ejercido el periodismo de opinión en medios como Diario 16, Nuevo Diario de Córdoba, La Tribuna, La Información, Diario de Andalucia y Agencia Efe.
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6 respuestas a Tiburones catetos

  1. Demócrata dijo:

    Muy bueno amigo Lucas, sólo faltan los nombres y apellidos que cada cual se imagina.

  2. Rafael San Martín Ramón dijo:

    Aunque he leído varias veces La Feria de los Discretos, me parece que debería leerla nuevamente, por lo poco que ha cambiado Córdoba desde 1868, según se desprende de lo escrito. En aquella época era La Gloriosa, hoy la Constitución.

    • Gracias Rafael. No me quedo muy tranquilo no seas que me estés adjudicando a mi el papel del periódico “La Víbora” o el de Quintín Roelas en su segunda vuelta a Córdoba. Bueno, creo que no, y la “canalla” cordobesa de aquel 1868 y este 2010 es básicamente la misma.

  3. teresa dijo:

    gracias por enviarlo.

  4. Rafael San Martín Ramón dijo:

    No te comparo negativamente, porque siempre te he tenido empatía, que se dice ahora.
    Tiburones catetos me ha resultado muy gracioso, aunque pijotas catetas se hubiera acercado mas a la realidad.
    No se la intención de Baroja al ponerle a Quintín el apellido Roelas. A mi me cae bien el protagonista Quintín, siempre.

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